viernes, 29 de noviembre de 2013

"La segunda Lady Chatterley" en El Placer de la Lectura

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Escrita en una época en la que aún quedaban restos del victorianismo decimonónico, el mismo hecho de auto censurarse y reescribir la historia tres veces, ya dice mucho de los temores del autor y de la acogida del publico. Historia ampliamente conocida de una pasión amorosa que salta las convenciones y rompe moldes sociales, es esta una versión diferente de El amante de Lady Chatterley;  segunda de las tres versiones que escribió, fue publicada en italiano en 1954, antes incluso de su publicación en inglés, que no vio la luz hasta 1972. El autor escribió un primer intento, en 1926, un segundo en 1927, que es el que hoy nos ocupa, y un tercero, en 1928. Esta última versión es la que hemos conocido en España, pero que no pudo publicarse íntegra en Inglaterra hasta 1960.
La versión que se muestra al público en esta edición no solo es más larga, sino que cambia el enfoque, haciendo más fuerte el impacto moral/social en el lector. El tema es el amor físico y sensual entre una dama y un hombre rudo, tosco, que habla en un retorcido dialecto (cosa a la que los británicos dan una importancia enorme), que vive separado de su mujer y su hija, …pero que sexualmente está bien dotado. La Bella y la Bestia. La dama, por otra parte, tiene la desgracia de estar casada con un hombre que, a pesar de su educación y clase, es un lisiado: vuelve de la guerra con la mitad inferior de su cuerpo paralizada, y con una alta dosis de resentimiento, que vuelca en los que le rodean, principalmente en su joven esposa, que prácticamente no ha tenido ocasión de conocer el amor físico, y cuyos deseos de maternidad se ven truncados con el problema de su esposo. Este problema, que hoy en día probablemente se enfocaría de modo muy distinto, en la época que lo escribió Lawrence, era insalvable. El divorcio hubiera estado muy mal visto,  y la adopción ni se contemplaba.
A pesar de que Lawrence envuelve toda la narración en un celofán filosófico-ideológico, (en mi opinión, excesivo y a veces aburrido) el tema era realmente explosivo en su momento. Y no solo por el sexo explícito, ya que no era el primero ni sería el último que lo hiciera, sino, y a mi entender lo más importante, por el brutal choque que supone que una mujer de la aristocracia copule con un hombre de la más baja extracción social: un ex minero, un guardabosques. Para la Inglaterra de la época, este hecho era mucho más grave que el mostrar el acto sexual, físico.
Por decirlo con un símil: para un británico, la relación física entre dos clases sociales antagónicas era equivalente, a esa misma relación entre una mujer blanca y un hombre negro para un norteamericano. Y remarco: en ambos casos, se trata de una mujer de la clase privilegiada y un hombre de clase baja , y no al revés. Los hombres, tanto blancos como aristócratas, podían relacionarse sexualmente con mujeres de clases inferiores o con mujeres negras. Esto estaba socialmente tolerado, aunque moralmente no se aceptase, pero si se llevaba con discreción, se toleraba. Pero una mujer no podía, bajo ningún concepto, relacionarse físicamente con alguien de distinto nivel social.
En esta segunda versión hay unas variaciones respecto a la tercera, como Gómez Montoro destaca en su postfacio: el personaje del guardabosques, que aquí se llama Oliver Parkin (en vez de Oliver Mellors),  es un ex minero, huraño, hastiado de la sociedad y abandonado por su esposa, que prefiere la vida en la naturaleza, lejos de la sociedad, una vida independiente y libre. Pero es un personaje mucho más bajo socialmente y vulgar, que habla una especie de jerga, a diferencia del Oliver Mellors de la siguiente versión, que es un ex oficial del ejército colonial y que supone un origen social superior.

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"La dulce", de Dostoievski, en la Revista Sonograma


  La dulceEn noviembre de 1876, Fiódor Dostoievski, que ya era un maestro en el lenguaje de la psicología de la soledad, publicaba, convertido en revista, el Diario de un escritor; una publicación que trataba temas políticos, literarios y, en alguna edición, introducía algún relato. Data de esta época la novela La dulce, un «relato fantástico» como dice su autor en la nota introductoria.
El sentido de culpa queda reflejado sólo al empezar. Pide perdón a los lectores por publicar este relato en lugar del Diario en su forma habitual.
Dostoievski conocía a fondo las inmensas lagunas que ahogan el corazón humano. El lastimoso personaje, sin nombre, que intenta aclarar sus ideas, ordenarlas, ante el cadáver de su esposa relata, a modo de monólogo, su desgraciada vida matrimonial, sin ninguna brizna de felicidad. Muestra, con un goce exhibicionista, su patética forma de amar a su esposa.
Todo el relato parece ser la justificación, ante sí mismo ante el hipotético lector, de su forma de ser. Este usurero y avaricioso, prestamista de profesión, que critica a la juventud que menosprecia el dinero, se casa con una joven desesperada (y agresiva) que vive bajo la tiranía de sus dos tías. Son dos almas que se encuentran en una pura inanición de sentimientos sanos y generosos. Como buen prestamista que es, trata el matrimonio como una transacción comercial y los conflictos empiezan cuando la dulce (la mansa) esposa decide romper el pacto de convivencia, flirteando con un antiguo compañero de regimiento de su marido. Tanto él como ella, viven la vida cotidiana en una permanente ambigüedad donde los sentimientos suscitan atracción y repulsión en una absoluta desarmonía.

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lunes, 18 de noviembre de 2013

Reseña sobre "La confesión de Claude", la primera novela de Émile Zola


La confesión de Claude, de Émile ZolaNuestros lectores encontrarán en la obra que hoy recomendamos tres momentos literarios distintos que confluyen en una obra de transición. Por un lado, el Romanticismo que, poco a poco, se va superando con la entrada del Realismo naturalista; por otro, el propio Realismo del que Zola será un exponente destacado; por último, como bien apunta Sergio Torremocha en su postfacio, encontramos latente aquí el Decadentismo posterior al Realismo, con sus correspondientes ramificaciones en el Simbolismo y Parnasianismo. Torremocha cita a Charles Baudelaire, pero también se me ocurren nombres como Joris-Karl Huysmans o Isidore Lucien Ducasse -Conde de Lautréamont- por poner dos ejemplos más. Todos ellos, escritores que retratan la juventud con mayor o menor frivolidad y apasionamiento.
Si tomamos la novela como objeto de entretenimiento, y no de estudio, tendremos la ocasión de presenciar un aviso referente al error de enamorarse apasionadamente de quien no se debe.
Y es que, en La confesión de Claude, de Émile Zola –Editorial Funambulista- encontraremos todos los errores propios de la inexperiencia que, en mayor o menor medida, hemos cometido todos.
Son errores narrados y vividos ya que se trata de la primera novela del escritor francés, y aunque Sergio Torremocha menciona errores de principiante en la redacción, que los hay, ya quisiéramos más de uno escribir una “Opera Prima” como esta. El argumento nos presenta a un muchacho que emigra del campo a París, una ciudad idealizada que pronto mostrará todos sus inconvenientes. Pobreza, frío, suciedad, hambre.
El único consuelo en ese contexto es la aparición de una prostituta de la que el protagonista -Claude- se enamorará perdida e irresponsablemente, ya que estos amores le conducirán a la más absoluta demencia y al sufrimiento. Para completar este universo mencionaremos a otra pareja vecina en la que es el amigo de Claude quien ejerce el rol déspota, y ella, Marie -su correspondiente “chica del río”- la víctima sufridora.
Cerrando el grupo encontramos a una alcahueta llamada Pâquerette que enreda a su antojo a unos y otros, sacando, como siempre que aparece un personaje así, buen beneficio de todos sus servicios. Se trata de una novela epistolar, escrita desde la experiencia personal que nos hace ver que la fama, en algunos casos, viene precedida de sacrificios y sufrimientos.

Artículo publicado en el Diario de Pontevedra sobre "El hundimiento", de Francis Scott Fitzgerald

Sueño y despertar

"Su talento era tan natural como la huella que deja el polvo en las alas de una mariposa. Hubo un tiempo en que él no se percataba de ello, como tampoco lo hace la mariposa, y no supo cuándo falló. Más tarde se dio cuenta de que las tenía estropeadas, de cómo estaban construidas, y aprendió a pensar, y entonces no pudo volar porque el amor del vuelo había desaparecido y solo era capaz de recordar el tiempo en que echaba a volar sin esfuerzo". Con estas palabras, tan hermosas que uno ha sido incapaz de recortar la cita de Ernest Hemingway, el que fuera uno de los pocos autores admirados por el egocéntrico Scott Fitzgerald criticaba la apertura de sus carnes y el corazón magullado del autor de ‘Suave es la noche’. Hemingway recriminó públicamente que Fitzgerald hubiese publicado esa "sórdida bazofia personal" que constituyeron una serie de relatos escritos para la revista Esquire entre 1934 y 1936 y que ahora, dentro de esa revisión ‘ Fitzgeraliana’ que ha supuesto el estreno de la última versión cinematográfica de ‘El gran Gatsby’, nos trae la bulliciosa Editorial Funambulista en una edición tan manejable como reveladora de lo que supone uno de esos momentos críticos en la vida un genio, de un personaje capaz de tocar el cielo con su escritura y su vida dorada, pero también de descender hasta los infiernos de la mente en base a su propia situación personal.

A través de ‘El hundimiento’ (‘CrackUp’) Scott Fitzgerald nos coloca ante la sucesión de golpes que el autor reconoce en su persona, el declive de ideas y escritura brillante que curiosamente camina a la par de una sociedad norteamericana duramente golpeada por el crack del 29. Nada ni nadie fue ajeno a ello y la personalidad de este tipo de seres se dejan arrastrar dentro de esa postura de divinidad azotada por las tormentas de la sociedad que por un lado casi consideran obligadas sufrir dentro de su proceso de escritura. Lejos iban quedando aquellos años veinte, la relación feliz con Zelda, las alegres temporadas en la Costa Azul, el sentirse el centro de las letras del universo y todo comenzaba a sepultarse en litros de alcohol, noches de insomnio y la pérdida de confianza en su propia actividad como escritor. "Está claro que vivir consiste en hundirse poco a poco.

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"El regreso", de Joseph Conrad, en el blog de literatura y cine Cosas que hemos visto


El regreso (The Return) es una novela corta que probablemente sorprenda regreso_big5B15D_01a los lectores de las obras más conocidas de Joseph Conrad. No encontramos en ella personajes atormentados en busca de catárticas aventuras, ni duelos que se prolongan durante años, ni viajes a través del corazón de las tinieblas, aunque sí es posible que, a medida que avancemos en su lectura, veamos en su protagonista ciertos rasgos reconocibles. De todas formas, probablemente a más de uno pueda parecerle más próxima al universo de un Henry James o un Ford Madox Ford, y a saber si no fueron la influencia y la cercanía de estos dos autores las que llevaron a Conrad a afrontar el reto.
Publicada originalmente como parte de la colección Cuentos de inquietud (Tales of Unrest, 1898), nos presenta al matrimonio formado por Alvan Hervey y su esposa (personaje del que no conoceremos su nombre), una pareja conocida y envidiada en su círculo social, de vida acomodada económica y sentimentalmente, que de la noche a la mañana ve alterada su tranquila existencia, sus ideas y sus valores por un suceso absolutamente inesperado: al regresar a casa una tarde, Alvan encuentra una nota de su esposa diciéndole que lo abandona.
Mientras Alvan piensa en las razones y las consecuencias, al poco rato ella vuelve a casa arrepentida, explicando que todo ha sido un error. A partir de aquí, asistimos a un diálogo, que es más bien un monólogo por parte de Alvan, en el que la desbordante prosa de Conrad nos muestra a dos extraños incapaces de expresar sus sentimientos, dos seres a la deriva dominados por el miedo y la culpa que ven cómo se derrumba la farsa que han creado a su alrededor. Alvan reflexiona sobre todo aquello sobre lo que ha sustentado su vida y sobre lo que se ha perdido, lo que no ha vivido a cambio de la comodidad. Al cerrar la novela, su personaje es otro. Su drástica solución y el futuro que le adivinamos lo emparentan, ahora sí, con otros personajes típicamente conradianos.
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Así vivieron juntos Alvan Hervey y su esposa cinco prósperos años. Con el tiempo acabaron conociéndose lo bastante para llevar en la práctica una existencia como la suya, pero eran tan incapaces de auténtica intimidad como lo serían dos animales que se alimentaran en el mismo pesebre, bajo el mismo techo, en unas lujosas cuadras. Una vez saciado, el deseo masculino de Hervey se convirtió en hábito; en cuanto a ella, había satisfecho ya sus aspiraciones: abandonar el hogar paterno, afirmar su personalidad, moverse en un círculo propio (mucho más elegante que el de sus progenitores), tener una casa para ella y su propia parcela personal de respeto, envidia y aprobación de la gente. Se entendían mutuamente con cautela, de modo tácito, como un par de conspiradores circunspectos unidos en una conjura que hubiera de reportarles beneficios: eran incapaces de considerar un hecho, un sentimiento, un principio o una creencia salvo a la luz de su propia dignidad, gloria o provecho. Cogidos de la mano, se deslizaban por la superficie de la vida, en una atmósfera pura y gélida, a la manera de dos hábiles patinadores que dibujaran figuras sobre el hielo para admiración de los espectadores, y que ignorasen con desdén la corriente subterránea, la corriente tumultuosa y oscura, la corriente de la vida, profunda e inasequible a las heladas.

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lunes, 4 de noviembre de 2013

"El hundimiento", de Fitzgerald, en Pandora Magazine






Título: El Hundimiento
Autor: Francis Scott Fitzgerald
Editorial: Funambulista
Páginas: 112
ISBN: 978-84-940906-8-4
Precio: 10€

 Beatriz Ibán Diezhandino

Sinopsis: En este libro se recogen una serie de textos autobiográficos de Francis Scott Fitzgerald que, probablemente, sean uno de los testimonios más sobrecogedores del siglo XX, y más premonitorios. El insomnio y «el hundimiento» (el Crack-Up) descritos en estas prosas —en plena depresión personal—, que escribió para la revista Esquire, en 1934 y 1936, reflejan algo más que la otra cara del que fuera considerado el narrador de más éxito de los felices Años 20: han hecho reflexionar a filósofos como E. M. Cioran o Gilles Deleuze acerca de la quiebra de los valores y del hundimiento del individuo y de la sociedad. Una obra de rabiosa actualidad.
La Editorial Funambulista edita uno de esos libros que hacen las delicias de cualquier lector. De hecho, aun tratándose de unos textos escritos en los años treinta, tienen un trasfondo que bien podría aplicarse a la época actual de crisis que estamos viviendo. Muchos de los lectores de esta joya literaria podrán confirmarlo.
Fitzgerald escribe estos textos autobiográficos apoyándose en el insomnio que sufría en esa época. Puede ser que el carácter negativo que impregnan sus páginas sea debido a los acontecimientos vitales del autor. Esta época en la que se publican los tres textos de los que consta la edición son bastante duros. El internamiento de su amada Zelda en un sanatorio mental y problemas económicos ahogaban el estado anímico de Scott Fitzgerald. Se destila una sombra de derrotismo y de no poder seguir con la vida.
En las circunstancias actuales de crisis mundial por la que estamos pasando, no nos es difícil imaginarnos el estado psicológico que podía estar pasando el autor al relatarnos sus crisis de insomnio y de desesperación, de ese decaimiento general y desencanto por la vida. Muchos encontrarán en sus páginas las palabras de una persona que sufre de depresión. Pero ese diagnóstico, como bien explica Isabel Lacruz en el postfacio, no podemos saber si sería por las circunstancias que estaba viviendo o ese era realmente su carácter depresivo que emergió de manera fulminante a raíz de ciertos acontecimientos, agravando su estado.
Tenemos ante nosotros tres de los últimos textos que escribió el brillante Fitzgerald. No podía imaginarse que nada más que cuatro años después, la muerte le alcanzaría con tan solo 44 años. Una breve existencia de uno de los mejores escritores americanos de todos los tiempos.

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