lunes, 31 de agosto de 2015

Un espíritu libre



FRANCISCO SOSA WAGNER, Memorias europeas, Mi traición a UPyD, Editorial Funambulista, Madrid, 2015.

1. Como todo el mundo sabe, Francisco Sosa Wagner es un Catedrático de Derecho Administrativo caracterizado por su especial compromiso con los valores de la libertad y la igualdad. Hasta el grado de que, en un cierto momento de su vida, dio el paso, nada sencillo en estos tiempos, de meterse en política: fue eurodiputado de UPyD –el partido que entonces encarnaba dichos ideales- en la legislatura 2009-2014 y también en la que se inició en 2014, aunque en esta segunda etapa la aventura se truncó en seguida porque su grupo político decidió suicidarse y nuestro hombre entendió, con buen criterio, que ese tipo de espectáculos se ven mejor desde fuera.

Durante sus cinco años largos de político (de actividad parlamentaria europea, para decirlo con más precisión) Sosa se tomó la molestia de escribir un diario –un semanario, mejor- con su agenda y sus percepciones. El resultado es el libro que acaba de salir.

2. Si en España hay acaso un subgénero literario que resulta poco apetecible es el de memorias de los políticos. A los rasgos generales del lenguaje de esa gente tan peculiar –vaciedad y previsibilidad- se añade siempre, aun cuando no estén escritos de propia mano, un autorretrato que resulta lo menos interesante que imaginarse pueda: personas sin una vida anterior al desempeño de los  cargos y, por supuesto, sin nada –ni en lo intelectual ni en lo personal- coetáneo a ello. Todo se queda en ese asfixiante convento de clausura que es el partido de turno, con la penosa consecuencia de dar la impresión al sufrido lector de que el sectarismo, lejos de representar un añadido –patológico y sobrevenido- en su personalidad, resulta ser su manifestación más propia. Un verdadero horror: no resulta de extrañar que ese tipo de libros –por lo común, presentados a bombo y platillo- cada vez tengan menos ventas. La gente no se deja embaucar tan fácilmente: puestos en la tesitura de tener que verse con marcianos, mejor los de verdad.

Si a esa predisposición tan negativa le añadimos el hecho de que estamos ante un tocho de más de 700 páginas, la primera y más lógica de las tentaciones del potencial lector sería decir que se abstiene.

3. Craso error, porque se trata de un libro diferente a todos los demás de su especie, o incluso abiertamente situado en las antípodas de ellos. Porque constituye fiel reflejo de una persona –su autor- que es quien resulta, en efecto, distinto. Con razón duró poco en el oficio parlamentario.

Me encuentro entre quienes conocen a Sosa –Paco, como nom de guerre- de cerca y de antiguo. Y la impresión que he sacado de la lectura se puede explicar con una palabra muy empleada por la filosofía alemana del siglo XX, que el propio autor conoce muy bien: autenticidad. El que se refleja en el texto no es sino el propio Paco, sólo que ahora expresándose en lenguaje escrito. Tal vez se podría definir su personalidad con una palabra barroca: exuberancia. Nuestro hombre tiene verdadero horror vacui, como si fuera el autor del retablo de la mismísima Iglesia sevillana del Salvador. Al mismo tiempo que parlamentario europeo, y sin abandonar muchas de sus tareas académicas, resulta que tenemos un ávido lector, un asiduo escritor de periódicos y de libros, un entusiasta asistente a óperas, un frecuentísimo viajero por toda Europa y por el mundo, un marido –y un padre y un hijo- entregado, un gastrónomo refinado –que, por cierto, ya tenía el estómago lleno antes de llegar al cargo- y no sé cuantas cosas más.

Por supuesto que hay gente que no conoce personalmente a nuestro hombre. Si ellos leen el libro, alucinarán: ¿de verdad una jornada puede cundir tanto? ¿no estaremos ante un fantasmazo? La respuesta se la puedo dar yo sin pestañear: no.

Tan es cierto lo que digo que, lejos de la circunspección expresiva a que obliga la tiranía de la corrección política, Sosa no tiene embozo (o, dicho a la inversa, se expresa con desempacho: según Covarrubias, “liberalidad y desenvoltura”), en poner por escrito lo que lleva mucho tiempo denostando en privado: no me refiero sólo a la ideologización y el partidismo –para el autor, dos tragedias de la sociedad española y no sólo de su bullanguera vida pública y mediática-, ni tan siquiera a la que es su auténtica bestia negra, los nacionalismos, sino a algo más delicado: los juicios críticos sobre las personas, que en el texto no se ahorran; así estamos ante gente –casi siempre, políticos profesionales- que ha podido ser o incluso sigue siendo importante. Algo que sin embargo se opone en el texto de manera poderosa a los sentidos elogiosos que, a modo de oraciones fúnebres, se dedican a dos maestros universitarios que fallecieron durante el período de referencia: Eduardo García de Enterría y Ramón Martín Mateo. Dos piezas de primera división por sí mismas.

4. Durante la legislatura europea de 2009-2014 Sosa era el único diputado de un partido pequeño y además que formaba parte de ese limbo –un auténtico oxímoron- que es el llamado Grupo de los No Inscritos. De ahí que su perspectiva sobre las actividades parlamentarias –que, como es obvio, son el objeto de la mayor parte del libro- tuviera que ser singular. ¿En qué sentido?

Volvamos al barroco, que es cuando el alma española llegó más lejos: la literatura del Siglo de Oro tuvo que habérselas, como resulta notorio, con una realidad de contraste entre el hecho se seguir siendo el país más poderoso del mundo y, sin embargo, disponer de unas instituciones públicas que, antes y después de Olivares, habían degenerado en fachadas, en cascarones vacíos: un sueño, o un puro teatro, como diría el gran Calderón. De ahí que la palabra más empleada fuera la de desengaño (Desengañarse, “Caer en la cuenta de que era engaño lo que tenía por cierto”. De nuevo la fuente es Covarrubias). Y de ahí también que el más sabio, Gracián, recomendara actuar con tiento y no terminar de ser sincero: la primera regla de conducta sólo podía ser el disimulo  (“No darse por entendido de alguna cosa”: también Covarrubias). Y bien es cierto que quienes no siguieron el consejo y osaron hablar con libertad (“Miré los muros de la patria mía…”) acabaron pagando un altísimo precio personal –en la cárcel de León, en el caso al que me acabo de referir-: el poder era, si, débil, pero no tanto como para no poderse ensañar contra quien se atrevía a decir lo que todos podía ver.

Que en todo Parlamento –la más noble y necesaria de las instituciones políticas- anidan disfunciones funcionales muy graves, para decirlo con palabras suaves, es algo conocido y denunciado desde el origen de los tiempos (precisamente, y también en León, dicho sea de paso). Pero bien sabemos que a la Asamblea europea, justo por su fama de momio, los partidos políticos suelen enviar a estómagos agradecidos y que, lejos de quejarse de lo que tienen ante sus ojos, van a seguir –como en efecto sucede- la máxima del legendario jurista aragonés: mirar para otro lado, que diríamos hoy, como manera de agenciarse el objetivo mayor, que los vuelvan a meter en las listas. Pues bien, lejos de ello, Sosa se muestra como un Guevara del siglo XXI y se dedica –con entusiasmo- a la impertinente tarea de levantar los tejados de los edificios parlamentarios de Bruselas y Estrasburgo y mostrar sus miserias con toda crudeza. Ese es en efecto el hilo conductor del libro –prefiero no singularizar tal o cual anécdota concreta-, hasta el punto de terminar dejando en el lector la impresión de que, cuando en septiembre de 2014 nuestro autor decidió irse no sólo de su partido sino también de allí, experimentó una sensación, sin duda, de pena (“el hombre no se separa de nada sin dolor, ni tan siquiera de las personas, cosas y lugares que menos satisfacciones le han dado”: Guillaume Apollinaire), pero también, y quizá en proposición aún mayor, de alivio (desempalago, para decirlo por cuarta vez en el significado de Covarrubias: “Quitar el hastío”). Los espíritus libres necesitan vivir en un ambiente de porosidad y no terminar de encajar en los sitios en los que, por mucho alimento que haya disponible, falta el oxígeno. Que, al cabo, es lo primero.

Antonio Jiménez-Blanco Carrillo de Albornoz es catedrático de Derecho Administrativo y miembro de la Junta Directiva del Club Español de la Energía.

Ya en máquinas Diarios de la peste!

Junts pel circ


Sir:
El libro ha entrado en las máquinas del Funambulista. Y ha llegado lo único que faltaba, que era la portada. Me apaño tan mal con estos ingenios que no soy capaz de enviársela entera. Pero mañana se la doy en la mano. Es una maravilla. ¡Y El Bombilla Jacobino!: su viva imagen, sir. Perderán, pero aun ganando no podrán impedir que nos burlemos intensamente de todos ellos.
¡Alegre la vista!
With truth
Sword

"Ese amor caliente, suave y animal" (artículo de Rosa Montero en El País con referencia a "No hay dos iguales", de Judith Rich Harris)

De vacaciones en el extranjero, veo en televisión una serie de canales especializados en programas de reality. Algunos son bastante curiosos y están a medio camino del reportaje y del voyeurismo. La vida interesa. La vida de los otros nos interesa muchísimo, quizá como espejo para entender la nuestra. En el fascinante ensayo sobre la identidad No hay dos iguales, de Judith Rich Harris (Ed. Funambulista), la autora sostiene que, durante la evolución de nuestra especie, nos ha sido de suma utilidad conocer las motivaciones de los individuos, para así poder inferir si podíamos confiar en ellos o no, aparearnos o no, colaborar con ellos o temerlos. Y así, Harris propone convincentemente la teoría de que nuestro cerebro está equipado con un mecanismo especial para recoger información sobre las otras personas, como eficaz estrategia para el triunfo genético. Nuestra curiosidad incansable por el vecino provendría de ahí. El cotilleo como herramienta evolucionista.
Volviendo a los canales de reality, resulta interesante comprobar que esta temporada todos parecen cultivar el mismo filón: el de la necesidad (y la dificultad) de amar. Un programa se llama The Undateables (los no ligables), y trata de los problemas de relación de gente situada en los extremos sociales por alguna razón física o psíquica: un chico muy feo (verdaderamente feo, deforme), un autista, una discapacitada mental, un muchacho con síndrome de Tourette, que le hace soltar palabras obscenas a gritos sin poder evitarlo… Si los protagonistas de esta serie son obviamente diferentes a la mayoría, en un programa de otra cadena se habla de los que, pareciendo exactamente iguales a los demás, ocultan, sin embargo, un secreto que les avergüenza y les impide establecer relaciones íntimas. Por ejemplo, una muchacha muy atractiva, pero alopécica, totalmente calva y sin pestañas ni cejas; aunque pintada y con peluca resulta espectacular, no se atreve a mostrar su verdadero yo. O una mujer joven que padece hiperhidrosis, es decir, exceso de sudoración. En fin, esas mochilas de piedras con que nos carga la vida.


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jueves, 27 de agosto de 2015

León y Europa (memorias europeas en Libertad digital)


El otro día visité León. Ciudad bellísima. Limpia. Debía una visita a mis amigos Mercedes y Paco. Nada más apearme del coche me tropiezo, en la calle Ancha, casi enfrente de la Casa de Gaudí, con Millán Salcedo, el de Martes y Treces, nos saludamos, intercambiamos unas cuantas frases y nos despedimos con "adiós, paisano" (él nació en Brazatortas, el pueblo donde parieron a Antonio Gala, en los inicios del valle más grande de Europa, y yo en Puertollano, un pueblo muy cercano al de Millán, rodeado de minas, centrales térmicas y refinerías de petróleo). Prosigo mi paseo hasta la catedral. Veo pocos turistas por la calle. La temperatura es fresca. El aire que se respira no tiene precio para los que venimos de Madrid. El tiempo es delicioso para pasear. Me recogen mis anfitriones en San Marcos y me invitan a comer en su castillo. Me abren su casa de par en par. Es sencilla y decorada con mucho gusto. Elegante. Casa clásica española, o sea, abierta, como sus moradores, a otras humanidades. Prima el orden por todas partes, incluido el jardín. Me gusta la biblioteca en la que sobresale la literatura taurina en la entrada principal y el sótano. Comemos en la terraza de la casa. La vista es maravillosa. La naturaleza no asusta sino que invita al sosiego. Como diría un cursi, esta terraza es una grandiosa sala de cine para ver un paisaje, o mejor, el paisaje de mis amigos. El paisaje en el que vivimos, como decía el filósofo del Manzanares, nos dice lo que somos: "Dime el paisaje en que vives y te diré quién eres".
Mercedes y Paco ven, viven, en realidad, disfrutan de uno de los paisajes más bellos de León. Desde allí todo es holgado, ancho, en fin, grandioso, pero sin apabullar. Desde allí, desde ese mirador particular, es imposible no tener una actitud afirmativa ante la vida. Desde allí, sí, uno está tentado a repetir las palabras de San Francisco de Asís: "Yo necesito poco, y ese poco lo necesito muy poco". Imagino que este fue el lugar donde Francisco Sosa Wagner tomó la determinación de abandonar su escaño del Parlamento Europeo y, de paso, darle puerta a todos los maquiavelos de salón de UPyD, especialmente a Rosa Díez. También en este lugar se ha escrito uno de los libros más interesantes y cultos para entender qué es hoy la Unión Europea: Memorias europeas (Editorial Funambulista). Ya habrá ocasión de hablar largo y tendido de este libro, pero creo que se convertirá en una obra de referencia para saber qué es un político, o mejor, cuáles son los límites y posibilidades de un político en la jaula de hierro de la Unión Europea. Los retratos de algunos políticos españoles que ha escrito aquí Sosa Wagner son antológicos, pero, de momento, quédense con esta escena coral:
De los populares me sorprende que no se sientan notificados por los escándalos que protagoniza su partido, con entrada de la policía para el registro de su sede y permanencia en ella durante nueve horas, con el contable en la cárcel, con las pruebas abrumadoras de financiación ilegal durante años, etc.; al parecer, nada de esto es relevante, pienso en Ortega y en su artículo sobre la vieja y nueva política, que debió escribir hace justamente un siglo, y compruebo que poco ha cambiado el panorama si lo vemos desde la perspectiva del comportamiento de estos dinosaurios que son corchos de la política y de la vida porque siempre flotan.
Las Memorias europeas de Sosa Wagner están llenas de textos tan políticamente incorrectos como el citado.

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miércoles, 26 de agosto de 2015

El relato cacereño de los amoríos de Pessoa

Lisboa absorbe al visitante y cierto es que Fernando Pessoa forma parte imprescindible de su realidad más feroz. Quizá por este motivo, tras su primera toma de contacto con la ciudad portuguesa en su obra Tal vez se llame Lisboa (2006, editorial Funambulista), el escritor Luis Morales (Cáceres, 1971) tropieza con la figura del escritor y no puede apartar su sombra de él. Tanto es así que se atreve a indagar en los entresijos de su vida amorosa y construye un relato paralelo Un amor como este (2015, Editorial Funambulista).
Con esta obra, el autor pretende acercar la relación del poeta portugués con Ofélia Queiroz, la que fue "el gran -y único reconocido- amor de su vida". Según pone de manifiesto la editorial, este trabajo es "la reconstrucción literaria, fiel y documentada de aquel amor, pero es también una biografía encubierta del escritor". Curiosamente, el escritor cacereño reconoce que no sentía especial devoción por el poeta debido a su imagen explotada y "por el pesimismo contagioso que destilan sus escritos". "Le cogí verdadera manía en mis años universitarios", añade. Fue entonces cuando un amigo le regaló una biografía de Pessoa y se vió embarcado en una empresa que él mismo califica de "ambiciosa", una labor que "marcará mi antes y después como autor", apostilla.
"Hace frío en todo cuanto pienso". Con esta frase rescatada del Libro del desasosiego pone Morales en funcionamiento el motor de la obra con un relato claro, sin grandilocuencia, que demuestra que la virtud literaria no está reñida con los frecuentes escritos laberínticos que desbordan estanterías. A partir de ahí y tras el prólogo, también firmado de su pluma, da rienda suelta a la versión "fidedigna" del amor entre el bastión de la literatura portuguesa y la joven "de brazos y piernas rollizas, labios carnosos y sensuales, y ojos despiertos".

Por amor a Lisboa
En definitiva, la tercera novela del escritor cacereño pretende ser reflejo de un doble homenaje con un "tratamiento riguroso de los hechos y un profundo respeto hacia los protagonistas", hacia Lisboa "y a todos -concluye- los que, ridículos, como dijo el propio Pessoa, han escrito alguna vez cartas de amor".
En la que presenta como "una declaración de amor a la ciudad", Morales desvela la correspondencia que ambos se enviaron durante su idilio -48 de Pessoa y 246 de Queiroz-. Estas últimas, desconocidas hasta ahora, permiten añadir un componente al relato, "reivindicar a la persona que había detrás de la destinataria de la misivas", como afirma el escritor en alguna entrevista anterior.
Luis Morales publicó su primera novela La extrañeza de un cielo que no es el tuyo en 2004. Entre tanto, en 2013 escribió Oz revisitado y un año más tarde, una antología de fragmentos del Libro del desasosiego que subtituló Un día en la (no) vida de Bernardo Soares .

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miércoles, 19 de agosto de 2015

El doppelgänger de "En el lado sombrío del jardín"

El doble fantasmagórico (doppelgänger) en la literatura contemporánea
Hoy llegamos al final de nuestro miniciclo sobre el doble fantasmagórico o doppelgänger. Les recuerdo que ya hemos publicado otras tres partes de este tema: la introducción al concepto, el doppelgänger en las leyendas nórdicas y alemanas y el doppelgänger en la literatura clásica. Si no los han leído, pueden echarles un vistazo para llevarse la idea completa de este ciclo.
En el artículo de hoy hablaremos sobre algunos relatos contemporáneos que tienen al doble fantasmagórico como protagonista. Espero que les guste.

El doble fantasmagórico y las enfermedades mentales

Hace poco publiqué una reseña sobre “En el lado sombrío del jardín”, de Eva Losada Casanova (El Funambulista). En este libro la autora nos plantea una historia donde la presencia del doble fantasmagórico es fundamental. Una joven vuelve a la casa de su infancia con el deseo de comprender muchas cosas que le quedaron inconclusas del pasado. Lo que allí se encuentra es una realidad que parece haberse paralizado en el tiempo, donde sus peores miedos afloran y la llevan a confundir realidad y mundo mágico.
Comienza a revivir momentos significativos en su vida y redescubre una compañía que la había ayudado a sobrevivir todos esos años: su gemela malvada. De todas formas, Losada va más allá del misterio e intenta explicar con la razón la aparición de este personaje, reconociendo un problema emocional en la protagonista. Se vuelca así en una análisis de la estructura mental del personaje e intenta darnos herramientas para discernir lo que pertenece al mundo mágico y lo que forma parte de la realidad de la joven.
Pese a ello, nunca consigue explicarlo del todo; quizá porque la existencia del doble fantasmagórico es algo difícil de rechazar y tanto más complicado de encerrar en teorías y explicaciones pragmáticas. Les recomiendo esta lectura si desean acercarse a una visión auténtica sobre este elemento tan explotado en la literatura.
«En el lado sombrío del jardín» de Eva Losada Casanova —Editorial Funambulista—

martes, 18 de agosto de 2015

A caballo entre el amor y el oficio de escribir


hombre_pluma
Cita con mucho tino Ascensión Cuesta, traductora de la obra, en la introducción del libro –también a su cargo- la opinión relativa a que las cartas de algunos autores son más interesantes que su propia obra. Hay quien opina que las memorias suelen estar en esa posición también. Es en esos dos géneros en los que conocemos más en profundidad a cada autor o autora de forma que obtenemos una información muy valiosa que suele dar mucha luz a la hora de afrontar la lectura de sus grandes obras o de comprender lo que leímos en su día en caso de que se haga a posteriori.
En el caso de las cartas que hoy se nos ofrecen encontramos una combinación más que interesante en la que Flaubert era a la vez compañero de fatigas de Luise Colet ya que ella también escribía y amante de una mujer que sin duda ejercería una atracción por el francés en la que se mezclaban sus intereses, poder comentar con ella circunstancias técnicas que a otras mujeres no les llamaría la atención –de hecho lo van a apreciar en el texto-, la atracción física –pese a las quejas de la chica, algo que deducimos ya que solamente se han conservado las cartas escritas por él- En todo caso, encontrarán textos en los que él alude a su entrega sincera a Colet y una amistad que rezuma en la lectura en la que el bueno de Flaubert se comunica con Colet con una intimidad muy especial, la que proporciona, supongo, el haber compartido lecho y horas de charla agradable y cómplice.
Otro punto de interés está en quienes se encuentren en un momento creativo o buscando cómo escribir esa historia que creen interesante pero que no termina de fraguar. No estamos ante un tratado de escritura, ni siquiera, ante un tratado de creatividad pero son varios los tramos del libro en los que Flaubert se desahoga por el sufrimiento que le produce esa demora en la redacción de su gran novela Madame Bovary.
Otro aspecto que me ha llamado la atención es el fino y agudo sentido del humor del francés. No se trata de un tipo de chanza que nos haga reír con hilaridad. Más bien, estamos ante esa broma que nos provoca una risa leve que va más allá de la sonrisa y que nos hace ver, como digo, el ingenio de Flaubert a la hora de comentar alguna situación. Otras veces, la broma viene de lo absurdo de algunas situaciones, como cuando cuenta que se asusta al irrumpir su madre en la habitación por lo concentrado y tenso que se encontraba en la redacción de su libro.

El amor sin boda de Pessoa (Babelia)

Esperó a que se fueran todos de la oficina; esperó a que ella se pusiera el abrigo y, turbada, se dirigiera a la puerta. Allí, contra el quicio, Pessoa se abalanzó y la besó ardientemente, como nunca había besado a una mujer. Como nunca besó a otra mujer. Aquella noche del 24 de enero de 1920 quedó grabada en la memoria de Ofélia, pero no tanto en la de Fernando. Ella tenía 19, él los 32: “Me quedé loco, me quedé tonto / Mis besos no vinieron a cuento. / La apreté contra mí, / La enlacé en mis brazos, / Me embriagué de abrazos, / Me quedé tonto, eso fue todo”, escribió el poeta.
Pasión, desazón y desasosiego, mucho desasosiego. Luis Morales reproduce en Un amor como éste uno de los grandes culebrones del siglo XX del mundo literario, el de Fernando Pessoa (1888-1935) con Ofélia Queiroz (1990-1991), la única mujer en la vida íntima del atormentado genio portugués.
Vaya por delante que nada nuevo hay en el material que maneja Morales. Su mérito, que no es poco, radica en ordenar el caos del mundo pessoaniano, concretamente en la única relación íntima que mantuvo con una mujer. Epistolarmente, la relación entre Pessoa y Ofélia se extiende entre enero y septiembre de 1920 y nueve años después, entre septiembre y diciembre. Morales se introduce en las 48 cartas de Pessoa (publicadas en 1978) y en las cerca de 300 de Ofélia (recopiladas todas en 2013).
Ofélia Queiroz, novia de Fernando Pessoa. / Joshua Benoliel
Gracias a esas cartas comprendemos el poema protector de Pessoa (“Solo las criaturas que nunca escribieron cartas de amor sí que son ridículas”). Las suyas lo son. “Bebé, ven para acá”, le escribe a Ofélia, “ven junto al Niñito; ven a los brazos del Niñito; pon tu boquita contra la boca del Niñito”. Y luego, penando porque se fija en otros: “¡¡¡Mala, mala, mala!!! ¡Unos buenos azotes es lo que tú necesitas!”.
Morales, que dice modestamente que no es experto en Pessoa, se enorgullece de conocer —y sobre todo amar— Lisboa. Y así, en Un amor como éste, reconstruye la Lisboa de la pacata sociedad de entreguerras y ordena el descontrol sentimental entre una joven romántica y un señor maduro con una “ola negra” in crescendo sobre su espíritu.
A las pocas semanas de aquel beso, “Ofélia, mi ofelinha, mi bebézinho”, de educación burguesa, estrecha el lazo: “¿No crees mejor que yo le diga un día de estos a mi hermana que ya te declaraste?”. Pessoa responde: “Eso es propio de gente común. Yo no soy común. Y no digas a nadie que nosotros salimos juntos. Es ridículo, nosotros nos amamos”.
Es cierto que al genio le aquejan dolencias físicas y, sobre todo, un runrún incesante en la cabeza. Pasa tres meses sin escribir a Ofélia, que ya no suspira por un compromiso; le bastaría que le lanzara una señal con el sombrero cuando pasa por debajo de su ventana. Harta de plantones, le escribe a finales de noviembre de 1920: “Hace ya cuatro días que no aparece y que ni siquiera se digna escribirme. Siempre el mismo proceder. (…) Se ha hecho su voluntad. Le deseo felicidades”.
En alguna esquina del Libro del desasosiego, Pessoa utiliza a su heterónimo Bernardo Soares para desnudarse: “Solo una vez fui en verdad amado. Algunas simpatías tuve, que, poniendo algo de mi parte, podría haber convertido, o al menos tal vez podría haber convertido, en amor o en afecto”.

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